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viernes, 22 de julio de 2011

Abrojos - ¿a dónde llevan los ángeles las cartas para el infierno?

- XXXVII -
¿Quién es candil de la calle
y oscuridad de su casa?
-Quien halla en aquélla flores
y en ésta abrojos y lágrimas.

- XXXVIII -
Lodo vil que se hace nube,
es preferible, por todo,
a nube que se hace lodo:
ésta cae y aquél sube.
[«Noviembre, 1886»]

- XXXIX -
El pobrecito es tan feo
que nadie le hace cariño.
¡Dejan en la casa al niño
cuando salen de paseo!...

   Y ello no tiene disculpa,
pues, de fealdad tan extraña,
es el molde de la entraña
quien ha tenido la culpa.

- XL -
     ¡Qué bonitos
      los versitos!
      -me decía
      don Julián...

      Y aquella frase tenía
del diente del can hidrófobo,
del garfio del alacrán.

- XLI -
Vamos por partes:
comenzará muy puro,
pero, al fin... ¡carne!


- XLII -
Tan alegre, tan graciosa ,
tan apacible, tan bella...
¡Y yo que la quise tanto!
¡Dios mío, si se muriera!

Envuelta en obscuros paños
la pondrían bajo tierra;
tendría los ojos tristes.
húmeda la cabellera.

Y yo, besando su boca,
allá, en la tumba, con ella,
sería el único esposo
de aquella pálida muerta.
[1886]

- XLIII -
¡Tras que la engaña el bribón ,
y le niega su cariño,
le quiere quitar su niño,
que es quitarle el corazón!

- XLIV -
Amo los pálidos rostros
y las brunas cabelleras,
los ojos lánguidos y húmedos
propicios a la tristeza,
y las espaldas de nieve,
en donde, oscuras y gruesas,
      caen, sedosas,
      las gordas trenzas,
y en donde el amor platónico
huye, baja la cabeza,
mientras, temblando, se mira
la carne rosada y fresca.

- XLV -
¡Su padre los echa! Yo, ha poco, le he
visto , soberbio, iracundo, lanzarles de allí.
No importa, hijos míos; diré como Cristo:
«¡Dejad a los niños que vengan a mí!»

- XLVI -
   Convengo de cualquier modo.
   No son raras hoy las víctimas;
   y es preciso, en el mercado
   donde todo se cotiza,
   que se demande y se busque
   el material de la orgía...
   Pero, una madre, ¡una madre!,
   a su hija, Dios santo, ¡a su hija!

   ¡Oh, Alfredo de Musset! Dime si Rolla
regateó con el Diablo la tarifa,
o con la madre monstruo tiró dados
sobre el desnudo cuerpo de la niña.

- XLVII -
Soy un sabio, soy ateo;
no creo en diablo ni en Dios...
(...pero, si me estoy muriendo,
que traigan el confesor).

- XLVIII -
Besando con furia loca
la boca de un niño ajeno,
miro yo a la virgen cándida
y no sé lo que comprendo.
¿Qué es ese brillo en los ojos?
¿Qué es en el rostro ese incendio?
¿Qué es ese temblar de labios?
¿Qué es ese crujir de nervios?
Para ser a un niño... ¡a un niño!...
esos besos... ¡esos besos!...

- XLIX -
El Mundo es un papanatas;
el Demonio ya chochea;
en tanto que la otra vive
siempre joven, siempre fresca;
con las uñas preparadas,
siempre acecha que te acecha.
Conque quedamos, señores,
en que la Carne es la reina.

- L -
- 1 -
Una mañana de invierno
hallé en el suelo, aterido,
con el cuerpo todo trémulo
y alas húmedas, un mirlo.
«Hasta con las pobres aves
caridad». Conque, cogílo,
busqué rastrojo, hice lumbre
y calenté al pajarito,
que abre los ojos, sacúdese,
vuela ya libre del frío
y se pierde entre las frondas
de los árboles vecinos.

- 2 -
¡Me miraron con horror
en mi pueblo! ¡Si se dijo
que yo pasaba mis ocios
asando pájaros vivos!...
[1886]

- LI -
Se ha casado el buen Antonio,
y es feliz con su mujer,
pues no hay otra más hermosa,
ni más dulce, ni más fiel,
ni más llena de cariño,
ni más falta de doblez,
ni más suave de carácter,
ni más fácil de caer...

- LII -
Érase un cura, tan pobre ,
que daba grima mirar
sus zapatos descosidos
y su viejo balandrán.
Érase un cuasi mendigo
que solía regalar
a los más pobres que él
con la mitad de su pan.
Un cura tan divertido
para hacer la caridad,
que si daba el desayuno
se acostaba sin cenar.
Érase un pobre curita
llamado el Padre Julián,
a quien vían como a un perro
los grandes de la ciudad,
pues era tan inocente
y era tan humilde el tal,
que en la casa de los grandes
daba risa su humildad.
Un día amaneció muerto,
siendo causa de su mal
no se sabe si mucha hambre
o alguna otra enfermedad.
Entonces un gran entierro
se ofreció al Padre Julián,
donde sólo en cera y pábilo
se quemara un dineral.
Y se vieron coches fúnebres
y hubo un lujo singular,
a los ecos de las marchas
de la música marcial.
Y cuentan que los timbales
y oboes, al resonar,
hacían burla del muerto
pobre de solemnidad...
Y que el muerto se reía
pensando en su balandrán,
con una de aquellas risas
que dan ganas de llorar.

- LIII -
Me tienes lástima, ¿no?...
Y yo quisiera una soga
para echártela al pescuezo
y colgarte de una horca,
porque eres un buen sujeto,
una excelente persona
con mucha envidia en el alma
y mucha baba en la boca.

- LIV -
         ¡Un pensamiento! Cosa
que harto me ha hecho pensar. ¿Habrá
tormento
como esta flor, regalo de una hermosa
que me tiene cautivo el pensamiento?

   Primero en el ojal de la levita,
         después en la cartera...
¡Quién la ve tan marchita,
y ha unos meses, Dios mío, quién la viera!

         Hoy creo, en este abismo
de cosas y de ideas tan terrible,
         que se han vuelto uno mismo
un pensamiento flor y otro invisible.

         Pero es lo peor del caso
         que al ir volando el viento,
         se llevará de paso
en su giro uno y otro pensamiento.
[1886]

- LV -
   Joven, acérquese acá:
¿Estima usted su pellejo?
Pues, escúcheme un consejo,
que me lo agradecerá:

   -Arroje esa timidez
al cajón de ropa sucia,
y por un poco de argucia
dé usted toda su honradez.
Salude a cualquier pelmazo
de valer, y al saludar,
acostúmbrese a doblar
con frecuencia el espinazo.

   Diga usted sin ton ni són,
y mil veces, si es preciso,
al feo, que es un Narciso,
y al zopenco, un Salomón;

   que el que tenga el juicio leso
o sea mal encarado,
téngalo usted de contado
que no se enoja por eso.

   Al torpe déjele hablar,
sus torpezas disimule, y
adule, adule y adule sin
cansarse de adular.

   Como algo no le acomode,
chitón y tragar saliva, y en el
pantano en que viva arrástrese,
aunque se enlode.

   Y con que befe al que baje, y con
que al que suba inciense, el día en que
menos piense será usted un
personaje.

- LVI -
Tengo de criar un perro ,
ya que en este mundo estoy.
No me importa lo que sea,
alano, galgo o bull-dog;
lo quiero para tener
un tierno y fiel queredor
que sonría con el rabo
cuando le acaricie yo;
para que me ofrezca todo
su perruno corazón,
y gruña a quien me amenace
y se alegre con mi voz;
y para, si me da el cólera
y huyen de mi alrededor,
juntos, parientes y amigos,
que nos quedemos los dos:
yo, cadáver, como huella
de una vida que pasó;
él, lanzando tristemente
sus aullidos de dolor.

- LVII -
No quiero verte madre ,
      dulce morena.
Muy cerca de tu casa
      tienes acequia,
      y es bien sabido
que no nadan los hombres
      recién nacidos.

- LVIII -
¿Que por qué así? No es muy dulce
la palabra, lo confieso.
Mas, de esa extraña amargura
la explicación está en esto:
después de llorar mil lágrimas
ásperas como el ajenjo,
me alborotó el corazón
la tempestad de mis nervios.
Siguió la risa al gemido,
y a la iracundia el bostezo,
y a la palabra el insulto,
y a la mirada el incendio;
por la puerta de la boca
lanzó su llama el cerebro,
y en aquella noche oscura,
y en aquel fondo tan negro,
con la tempestad del alma
relampagueó el pensamiento,
y les salieron espinas a las flores de mis versos.

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