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viernes, 22 de julio de 2011

Sonatina

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro;
y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-¡Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor!

Abrojos - ¿a dónde llevan los ángeles las cartas para el infierno?

- XXXVII -
¿Quién es candil de la calle
y oscuridad de su casa?
-Quien halla en aquélla flores
y en ésta abrojos y lágrimas.

- XXXVIII -
Lodo vil que se hace nube,
es preferible, por todo,
a nube que se hace lodo:
ésta cae y aquél sube.
[«Noviembre, 1886»]

- XXXIX -
El pobrecito es tan feo
que nadie le hace cariño.
¡Dejan en la casa al niño
cuando salen de paseo!...

   Y ello no tiene disculpa,
pues, de fealdad tan extraña,
es el molde de la entraña
quien ha tenido la culpa.

- XL -
     ¡Qué bonitos
      los versitos!
      -me decía
      don Julián...

      Y aquella frase tenía
del diente del can hidrófobo,
del garfio del alacrán.

- XLI -
Vamos por partes:
comenzará muy puro,
pero, al fin... ¡carne!


- XLII -
Tan alegre, tan graciosa ,
tan apacible, tan bella...
¡Y yo que la quise tanto!
¡Dios mío, si se muriera!

Envuelta en obscuros paños
la pondrían bajo tierra;
tendría los ojos tristes.
húmeda la cabellera.

Y yo, besando su boca,
allá, en la tumba, con ella,
sería el único esposo
de aquella pálida muerta.
[1886]

- XLIII -
¡Tras que la engaña el bribón ,
y le niega su cariño,
le quiere quitar su niño,
que es quitarle el corazón!

- XLIV -
Amo los pálidos rostros
y las brunas cabelleras,
los ojos lánguidos y húmedos
propicios a la tristeza,
y las espaldas de nieve,
en donde, oscuras y gruesas,
      caen, sedosas,
      las gordas trenzas,
y en donde el amor platónico
huye, baja la cabeza,
mientras, temblando, se mira
la carne rosada y fresca.

- XLV -
¡Su padre los echa! Yo, ha poco, le he
visto , soberbio, iracundo, lanzarles de allí.
No importa, hijos míos; diré como Cristo:
«¡Dejad a los niños que vengan a mí!»

- XLVI -
   Convengo de cualquier modo.
   No son raras hoy las víctimas;
   y es preciso, en el mercado
   donde todo se cotiza,
   que se demande y se busque
   el material de la orgía...
   Pero, una madre, ¡una madre!,
   a su hija, Dios santo, ¡a su hija!

   ¡Oh, Alfredo de Musset! Dime si Rolla
regateó con el Diablo la tarifa,
o con la madre monstruo tiró dados
sobre el desnudo cuerpo de la niña.

- XLVII -
Soy un sabio, soy ateo;
no creo en diablo ni en Dios...
(...pero, si me estoy muriendo,
que traigan el confesor).

- XLVIII -
Besando con furia loca
la boca de un niño ajeno,
miro yo a la virgen cándida
y no sé lo que comprendo.
¿Qué es ese brillo en los ojos?
¿Qué es en el rostro ese incendio?
¿Qué es ese temblar de labios?
¿Qué es ese crujir de nervios?
Para ser a un niño... ¡a un niño!...
esos besos... ¡esos besos!...

- XLIX -
El Mundo es un papanatas;
el Demonio ya chochea;
en tanto que la otra vive
siempre joven, siempre fresca;
con las uñas preparadas,
siempre acecha que te acecha.
Conque quedamos, señores,
en que la Carne es la reina.

- L -
- 1 -
Una mañana de invierno
hallé en el suelo, aterido,
con el cuerpo todo trémulo
y alas húmedas, un mirlo.
«Hasta con las pobres aves
caridad». Conque, cogílo,
busqué rastrojo, hice lumbre
y calenté al pajarito,
que abre los ojos, sacúdese,
vuela ya libre del frío
y se pierde entre las frondas
de los árboles vecinos.

- 2 -
¡Me miraron con horror
en mi pueblo! ¡Si se dijo
que yo pasaba mis ocios
asando pájaros vivos!...
[1886]

- LI -
Se ha casado el buen Antonio,
y es feliz con su mujer,
pues no hay otra más hermosa,
ni más dulce, ni más fiel,
ni más llena de cariño,
ni más falta de doblez,
ni más suave de carácter,
ni más fácil de caer...

- LII -
Érase un cura, tan pobre ,
que daba grima mirar
sus zapatos descosidos
y su viejo balandrán.
Érase un cuasi mendigo
que solía regalar
a los más pobres que él
con la mitad de su pan.
Un cura tan divertido
para hacer la caridad,
que si daba el desayuno
se acostaba sin cenar.
Érase un pobre curita
llamado el Padre Julián,
a quien vían como a un perro
los grandes de la ciudad,
pues era tan inocente
y era tan humilde el tal,
que en la casa de los grandes
daba risa su humildad.
Un día amaneció muerto,
siendo causa de su mal
no se sabe si mucha hambre
o alguna otra enfermedad.
Entonces un gran entierro
se ofreció al Padre Julián,
donde sólo en cera y pábilo
se quemara un dineral.
Y se vieron coches fúnebres
y hubo un lujo singular,
a los ecos de las marchas
de la música marcial.
Y cuentan que los timbales
y oboes, al resonar,
hacían burla del muerto
pobre de solemnidad...
Y que el muerto se reía
pensando en su balandrán,
con una de aquellas risas
que dan ganas de llorar.

- LIII -
Me tienes lástima, ¿no?...
Y yo quisiera una soga
para echártela al pescuezo
y colgarte de una horca,
porque eres un buen sujeto,
una excelente persona
con mucha envidia en el alma
y mucha baba en la boca.

- LIV -
         ¡Un pensamiento! Cosa
que harto me ha hecho pensar. ¿Habrá
tormento
como esta flor, regalo de una hermosa
que me tiene cautivo el pensamiento?

   Primero en el ojal de la levita,
         después en la cartera...
¡Quién la ve tan marchita,
y ha unos meses, Dios mío, quién la viera!

         Hoy creo, en este abismo
de cosas y de ideas tan terrible,
         que se han vuelto uno mismo
un pensamiento flor y otro invisible.

         Pero es lo peor del caso
         que al ir volando el viento,
         se llevará de paso
en su giro uno y otro pensamiento.
[1886]

- LV -
   Joven, acérquese acá:
¿Estima usted su pellejo?
Pues, escúcheme un consejo,
que me lo agradecerá:

   -Arroje esa timidez
al cajón de ropa sucia,
y por un poco de argucia
dé usted toda su honradez.
Salude a cualquier pelmazo
de valer, y al saludar,
acostúmbrese a doblar
con frecuencia el espinazo.

   Diga usted sin ton ni són,
y mil veces, si es preciso,
al feo, que es un Narciso,
y al zopenco, un Salomón;

   que el que tenga el juicio leso
o sea mal encarado,
téngalo usted de contado
que no se enoja por eso.

   Al torpe déjele hablar,
sus torpezas disimule, y
adule, adule y adule sin
cansarse de adular.

   Como algo no le acomode,
chitón y tragar saliva, y en el
pantano en que viva arrástrese,
aunque se enlode.

   Y con que befe al que baje, y con
que al que suba inciense, el día en que
menos piense será usted un
personaje.

- LVI -
Tengo de criar un perro ,
ya que en este mundo estoy.
No me importa lo que sea,
alano, galgo o bull-dog;
lo quiero para tener
un tierno y fiel queredor
que sonría con el rabo
cuando le acaricie yo;
para que me ofrezca todo
su perruno corazón,
y gruña a quien me amenace
y se alegre con mi voz;
y para, si me da el cólera
y huyen de mi alrededor,
juntos, parientes y amigos,
que nos quedemos los dos:
yo, cadáver, como huella
de una vida que pasó;
él, lanzando tristemente
sus aullidos de dolor.

- LVII -
No quiero verte madre ,
      dulce morena.
Muy cerca de tu casa
      tienes acequia,
      y es bien sabido
que no nadan los hombres
      recién nacidos.

- LVIII -
¿Que por qué así? No es muy dulce
la palabra, lo confieso.
Mas, de esa extraña amargura
la explicación está en esto:
después de llorar mil lágrimas
ásperas como el ajenjo,
me alborotó el corazón
la tempestad de mis nervios.
Siguió la risa al gemido,
y a la iracundia el bostezo,
y a la palabra el insulto,
y a la mirada el incendio;
por la puerta de la boca
lanzó su llama el cerebro,
y en aquella noche oscura,
y en aquel fondo tan negro,
con la tempestad del alma
relampagueó el pensamiento,
y les salieron espinas a las flores de mis versos.

Abrojos - Día de dolor

Abrojos
- I -
               ¡Día de dolor
aquel en que vuela
para siempre el ángel
del primer amor!

- II -
¿Cómo decía usted, amigo mío?
¿Que el amor es un río? No es extraño.
      Es ciertamente un río
que uniéndose al confluente del desvío,
va a perderse en el mar del desengaño.

- III -
      Pues tu cólera estalla,
justo es que ordenes hoy ¡oh Padre Eterno!
una edición de lujo del infierno
digna del guante y frac de la canalla.

- IV -
En el kiosco bien oliente
besé tanto a mi odalisca
en los ojos, en la frente,
y en la boca y las mejillas,
que los besos que le he dado
devolverme no podría
ni con todos los que guarda
la avarienta de la niña
en el fino y bello estuche
de su boca purpurina.

- V -
Bota, bota, bella niña,
ese precioso collar
en que brillan los diamantes
como el líquido cristal
de las perlas del rocío
matinal.

Del bolsillo de aquel sátiro
salió el oro y salió el mal.
Bota, bota esa serpiente
que te quiere estrangular
enrollada en tu garganta
hecha de nieve y coral.

- VI -
Puso el poeta en sus versos
todas las perlas del mar,
todo el oro de las minas,
todo el marfil oriental;
los diamantes de Golconda,
los tesoros de Bagdad,
los joyeles y preseas
de los cofres de un Nabab.
Pero como no tenía
por hacer versos ni un pan,
al acabar de escribirlos
murió de necesidad.

- VII -
Al oír sus razones
fueron para aquel necio
mis palabras, sangrientos bofetones;
mis ojos, puñaladas de desprecio.

- VIII -
Vivió el pobre en la miseria,
nadie le oyó en su desgracia;
cuando fue a pedir limosna
lo arrojaron de una casa.
   Después que murió mendigo,
le elevaron una estatua...
¡Vivan los muertos, que no han
estómago ni quijadas!

- IX -
      Primero, una mirada;
  luego, el toque de fuego
      de las manos; y luego,
      la sangre acelerada
      y el beso que subyuga.
Después, noche y placer; después, la fuga
      de aquel malsín cobarde
      que otra víctima elige.
Bien haces en llorar, pero ¡ya es tarde!...
      ¡Ya ves! ¿No te lo dije?

- X -
¡Oh, mi adorada niña!
Te diré la verdad:
tus ojos me parecen
brasas tras un cristal;
tus rizos, negro luto;
y tu boca sin par,
la ensangrentada huella
del filo de un puñal.

- XI -
Lloraba en mis brazos vestida de negro ,
se oía el latido de su corazón,
cubríanle el cuello los rizos castaños
y toda temblaba de miedo y de amor.
¿Quién tuvo la culpa? La noche callada.
Ya iba a despedirme. Cuando dije «¡Adiós!»,
ella, sollozando, se abrazó a mi pecho
bajo aquel ramaje del almendro en flor.
Velaron las nubes la pálida luna...
Después, tristemente lloramos los dos.

- XII -
¡Oh, luz mía! Te adoro
      con toda el alma;
tu recuerdo es la vida
      de mi esperanza.
      Corazón mío,
¡vieras, con mi silencio,
      cuánto te digo!
      Y con tus ansias
  y tu silencio,
¡vieras, corazón mío,
      cuánto sospecho!
[1886]

- XIII -
¿Que lloras? Lo comprendo.
Todo concluido está.
Pero no quiero verte,
alma mía, llorar.
Nuestro amor, siempre, siempre...
Nuestras bodas... jamás.
¿Quién es ese bandido
que se vino a robar
tu corona florida
y tu velo nupcial?
Mas no, no me lo digas,
no lo quiero escuchar.
Tu nombre es Inocencia
y el de él es Satanás.
Un abismo a tus plantas,
una mano procaz
que te empuja; tú ruedas,
y mientras tanto, va
el ángel de tu guarda
triste y solo a llorar.
Pero ¿por qué derramas
tantas lágrimas?... ¡Ah!
Sí, todo lo comprendo...
No, no me digas más.

- XIV -
Yo era un joven de espíritu inocente.
Un día con amor la dije así:
-Escucha: el primer beso que yo he dado,
      es aquel que te di...
Ella, entonces, lloraba amargamente.
Y yo dije: ¡Es amor!
sin saber que aquel ángel desgraciado
lloraba de vergüenza y de dolor.
 XV -
A un tal que asesinó a diez
y era la imagen del vicio,
muerto, el Soberano juez
le salvó del sacrificio
sólo porque amé una vez.

- XVI -
Cuando cantó la culebra,
cuando trinó el gavilán,
cuando gimieron las flores,
y una estrella lanzó un ¡ay!;
cuando el diamante echó chispas
y brotó sangre el coral,
y fueron dos esterlinas
los ojos de Satanás,
entonces la pobre niña
perdió su virginidad.

- XVII -
Cuando la vio pasar el pobre mozo
y oyó que le dijeron: -¡Es tu amada!...
      lanzó una carcajada,
pidió una copa y se bajó el embozo.
-¡Que improvise el poeta!
                                    Y habló luego
del amor, del placer, de su destino
   Y al aplaudirle la embriagada tropa,
se le rodó una lágrima de fuego,
que fue a caer al vaso cristalino.
      Después, tomó su copa
¡y se bebió la lágrima y el vino!...
[1886]

- XVIII -
Cantaba como un canario
mi amada alegre y gentil,
y danzaba al són del piano,
del oboe y del violín.
Y era el ruido estrepitoso
de su rítmico reír,
eco de áureas campanillas,
són de liras, de marfil,
sacudidas en el aire
por un loco serafín.
Y eran su canto, su baile,
y sus carcajadas mil,
puñaladas en el pecho,
puñaladas para mí,
de las cuales llevo adentro
la imborrable cicatriz.
[1886]

- XIX -
La estéril gran señora desespera
      y odia su gentil talle
cuando pasa la pobre cocinera
con seis hijos y medio por la calle.

- XX -
Ponedle dentro el sol y las estrellas.
¿Aun no? Todos los rayos y centellas.
¿Aun no? Poned la aurora del oriente,
      la sonrisa de un niño,
      de una virgen la frente
y miradas de amor y de cariño.
¿Aun no se aclara?- Permanece oscuro,
      siniestro y espantoso-.
Entonces dije yo: -¡Pues es seguro
que se trata del pecho de un celoso!
[1886]

- XXI -
He aquí el coro que entonan
los vagos y los mendigos:
-¡Guerra a muerte a los banqueros
que repletan sus bolsillos!
Regla general: -Los pobres
son los que odian a los ricos.

- XXII -
Me dijo un amigo ayer:
-Aquel que pueda llegar
a cierta hora en que a tentar
sale a veces Lucifer,
hallará en toda mujer
la mujer de Putifar.
El asunto está en saber
cuándo el reloj va a sonar.
Ahora ¡vamos a ver!
¿siempre te vas a casar?

- XXIII -
De lo que en tu vida entera
nunca debes hacer caso:
la fisga de un envidioso,
el insulto de un borracho,
el bofetón de un cualquiera
y la patada de un asno.

- XXIV -
- 1 -
Viejo alegre, viejo alegre,
no persigas a mi novia;
no son pájaros de invierno
los amantes de las rosas.

- 2 -
Viejo alegre, viejo alegre,
me quitaste a mi adorada;
¡cuál te engríes en la boda
retiñéndote las canas!

- 3 -
Viejo alegre, ríe, ríe,
pues volvió tu primavera;
tanto, que hoy ha amanecido
retoñando tu cabeza.

- XXV -
¿Dar posada al peregrino?...
A uno di posada ayer;
y hoy, prosiguió su camino
llevándose a mi mujer.

- XVI -
      ¡A aquel pobre muchacho
le critica una copa y un albur,
      ese viejo borracho
que tiene cincuenta años de tahúr!...

- XXVII -
El traje de los vicios
      son los harapos;
que hoy andan las virtudes
      de guante blanco.
      Lugar común;
pero que siempre empleamos
      si vemos un...

- XXVIII -
¡Qué cosa tan singular!
¡Ese joven literato
aun se sabe persignar!

- XXIX -
Aquella frente de virgen,
aquella cándida tez,
aquellos rizos oscuros,
aquellos labios de miel,
aquellos ojos purísimos
que vían con timidez,
aquel seno que tenía
de la niña y la mujer,
y aquella risa inocente,
eran... ¡la número 10!

- XXX -
Mira, no me digas más:
¡que otra palabra como ésa
tal vez me puede matar!

- XXXI -
¡Qué piropo! Escalda y pincha.
¡Qué obscenidad! ¡Qué baldón!
-¿Quién lo dijo?- Ese mocito
del flamante redingot.
A la pobre muchachuela
la cara se le encendió...
Iba descalza, iba rota...
Y ¡miren qué contrición!:
-¡Como si tal harapienta
pudiera tener pudor!

- XXXII -
¡Advierte si fue profundo
un amor tan desgraciado,
que tuve odio a un hombre honrado
y celos de un moribundo!

- XXXIII -
   ¿Por qué ese orgullo, Elvira? Que se
domen
en ti loca ambición, ruines enojos,
y quítate esa venda de los ojos,
y que esos ojos a lo real se asomen.

   Mira, cuando tus ansias vuelo tomen
y te finjan grandezas tus antojos,
bellas -rostro divino, labios rojos-,
que unas comen pan duro, otras no comen.

   Bajan a los abismos nieves puras
cuando rueda el alud; y se hacen fango
después de estar en cumbres altaneras.

   ¡Ay, yo he visto llorar sus desventuras
a encopetadas hembras de alto rango
sobre el sucio jergón de las rameras!

- XXXIV -
   He aquí la exacta copia
de un caso digno de fe.
Lo cuento tal como fue,
pues no es de cosecha propia.
 A un joven de posición,
una joven irritada,
de una sola puñalada
le ha partido el corazón.

   Se ha levantado el proceso,
y se examina con pausa,
para averiguar la causa
de tan terrible suceso.

   Ya averiguada, sonroja
un hecho tan inaudito:
¡él cometió el gran delito
de llamarla bizca y coja!

   Por tanto, siendo, en verdad,
ése un delito tan feo,
¡que quede libre la reo!,
¡en completa libertad!

- XXXV -
   Niña hermosa que me humillas
con tus ojos grandes, bellos:
son para ellos, son para ellos
estas suaves redondillas.

   Son dos soles, son dos llamas,
son la luz del claro día;
con su fuego, niña mía,
los corazones inflamas.

   Y autores contemporáneos
dicen que hay ojos que prenden
ciertos chispazos que encienden
pistolas que rompen cráneos.
[1886]

- XXXVI -
Pues si el torno de la inclusa
es un buzón verdadero,



Abrojos

 Prólogo
A Manuel Rodríguez Mendoza
(de la redacción de «La Época»

- I -
                
Sí, yo he escrito estos Abrojos
tras hartas penas y agravios,
ya con la risa en los labios,
ya con el llanto en los ojos.

   Tu noble y leal corazón,
tu cariño, me alentaba
cuando entre los dos mediaba
la mesa de redacción.

   Yo, haciendo versos, Manuel,
descocado, antimetódico,
en el margen de un periódico,
o en un trozo de papel;

   tú, aplaudiendo o censurando,
censurando y aplaudiendo
como crítico tremendo,
o como crítico blando.

   Entonces, ambos a dos,
de mil ambiciones llenos,
con dos corazones buenos
y honrados, gracias a Dios,

   hicimos dulces memorias,
trajimos gratos recuerdos,
y no nos hallamos lerdos
en ese asunto de glorias.

   Y pensamos en ganarlas
paso a paso y poco a poco...

Y ya huyendo el tiempo loco
de nuestras amigas charlas,

   nos confiamos los enojos,
las amarguras, los duelos,
los desengaños y anhelos...
y nacieron mis Abrojos.

   Obra, sin luz ni donaire,
que al compañero constante
le dedica un fabricante
de castillos en el aire.

   Obra sin luz, es verdad,
pues rebosa amarga pena;
y para toda alma buena,
la pena es oscuridad.

   Sin donaire, porque el chiste
no me buscó, ni yo a él;
ya tú bien sabes, Manuel,
que yo tengo el vino triste.

- II -
   Juntos hemos visto el mal
y en el mundano bullicio,
cómo para cada vicio
se eleva un arco triunfal.

   Vimos perlas en el lodo,
burla y baldón a destajo,
el delito por debajo
y la hipocresía en todo.

   Bondad y hombría de bien,
como en el mar las espumas,
y palomas con las plumas
recortadas a cercén.

   Mucho tigre carnicero,
bien enguantadas las uñas,
y muchísimas garduñas
con máscaras de cordero.

   La poesía con anemia,
con tisis el ideal,
bajo la capa el puñal
y en la boca la blasfemia.

   La envidia, que desenrosca
su cuerpo y muerde con maña;
y en la tela de la araña
a cada paso la mosca...

   ¿Eres artista? Te afeo.
¿Vales algo? Te critico.
Te aborrezco si eres rico,
y si pobre te apedreo.

   Y de la honra haciendo el robo
e hiriendo cuanto se ve,
sale cierto lo de que
el hombre del hombre es lobo.

- III -
   No predico, no interrogo.
De un sermón ¡qué se diría!
Esto no es una homilía,
sino amargo desahogo.

   Si hay versos de amores, son
las flores de un amor muerto
que brindo al cadáver yerto
de mi primera pasión.

   Si entre esos íntimos versos
hay versos envenenados,
lean los hombres honrados
que son para los perversos.

   Y tú, mi buen compañero,
toma el libro; que, en verdad

de poeta y caballero,
con mis Abrojos no hiero
las manos de la amistad.

Rubén Darío - A Colón

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Un desastroso espirítu posee tu tierra:
donde la tribu unida blandió sus mazas,
hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra,
se hieren y destrozan las mismas razas.

Al ídolo de piedra reemplaza ahora
el ídolo de carne que se entroniza,
y cada día alumbra la blanca aurora
en los campos fraternos sangre y ceniza.

Desdeñando a los reyes nos dimos leyes
al son de los cañones y los clarines,
y hoy al favor siniestro de negros reyes
fraternizan los Judas con los Caínes.

Bebiendo la esparcida savia francesa
con nuestra boca indígena semiespañola,
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar danzando la Carmañola.

Las ambiciones pérfidas no tienen diques,
soñadas libertades yacen deshechas.
¡Eso no hicieron nunca nuestros caciques,
a quienes las montañas daban las flechas! .

Ellos eran soberbios, leales y francos,
ceñidas las cabezas de raras plumas;
¡ojalá hubieran sido los hombres blancos
como los Atahualpas y Moctezumas!

Cuando en vientres de América cayó semilla
de la raza de hierro que fue de España,
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña.

¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!

Libre como las águilas, vieran los montes
pasar los aborígenes por los boscajes,
persiguiendo los pumas y los bisontes
con el dardo certero de sus carcajes.

Que más valiera el jefe rudo y bizarro
que el soldado que en fango sus glorias finca,
que ha hecho gemir al zipa bajo su carro
o temblar las heladas momias del Inca.

La cruz que nos llevaste padece mengua;
y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes y Calderones.

Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y en las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalonadas a las panteras.

Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!